
Ayer era la luna
el recinto de mi canto.
Vino la lluvia celosa peluseando
entre cirros de tirria
y con su manto húmedo la ocultó.
Bajo las gotas de rocío
se salpicó el verano de mi piel
con sangre de insólitos inviernos,
en este febrero de cátedras y
lisonjas de mejillas cubiertas con miel.
Hilvanando futuros insurrectos
el virus del desamparo
calando recuerdos en mí, se infiltró,
pintando finales de lluvia en mi piel
se acercó.
El dominó de mis nubes pasadas
se alineó en un brindis a mi salud,
más la primera de las nubes tambaleó
dejando la huella de su ardid,
al precipicio del destino, me expulsó.











