
Ella le aguardó
al borde de sus quimeras
y en la calzada del ensueño.
Él se aferró a la distancia
de su realidad ajena
en cada ocaso de inviernos.
Ella escudriñó en la cancela
de las ilusiones azoradas
con la esperanza en la piel.
Él relegó el deseo
en el universo del tiempo
con aceitunas de olvido.
Ella aliñó con rocíos de canela
y escarcha de vainilla
cada beso en su memoria.
Él abandonó el recuerdo
en el pórtico del destino
desnudo y abatido.
Ella se desvaneció
en el abismo del abandono.
Él postergó el encuentro
y al regresar tan solo halló
cenizas de quimeras,
parafina de ilusiones
de lo que un día fuera,
el alma de ella.













