Llegó el día en que guardaste
con añoranza, tu ropa en el armario,
todo lo fuiste colgando dentro
recordando tiempos pasados.
Los pantalones, por las costuras del tiempo,
las camisas ,por la mancha de unos labios,
las chaquetas y jerséis,
por hilos negros y dorados.
Hasta los pañuelos doblaste,
con puntas de dolor amargo.
¡Y en los cajones!…
Nadie sabe lo que guardas
en los cajones del alma,
cada cosa en su sitio,…
Y entre prenda y prenda,
bolas de naftalina contra la polilla,
para la carcoma de la vida :
– Que deje ver, pero que nada se pudra.
Murmuraste, por esa querencia
de los ropajes antiguos,
después, tiraste la llave…
Desde ese día,
te arropas con palabras
que no nos engañemos,
apenas te cubren
las violáceas heridas del alma.
En tu cuerpo desnudo
se aprecian las cicatrices,
los espacios desiertos
en el pecho y la espalda,
y en tu piel,... las señales del viento
que a su paso dejó la huella
de angostos paisajes lunares.
Y esa palabra con la que te vistes hoy,
ese poema de amor olvidado,
anidado en el volcán de tu ombligo,
ha quedado prendido
de una finísima hebra,
que se va deshilachando
a lo largo de tu cuerpo.
¡Y allí se enreda entre los muslos,
como Láquesis, tejiendo su red
sin que tú la veas!.
Punto a punto, vuelta a vuelta,
se adivinan las vestiduras al viento
entre el rumor del agua,
de esa tierra de nadie,
donde un lejano día
se diluyeron tus raíces…
***
©Roberto Santamaría















