Existen esos días
en los que lo único que se desea
es vomitar el alma.
Esos días en los que se deja ver
el rostro del ángel de la muerte
y el azufre adquiere aroma a desconcierto.
Días soleados,
emporcados con la penumbra
indeleble de la desolación.
Existen esos días
en los que lo único que se desea
es vomitar el alma.
Días en los que en la coluvie del dolor
fluye sangrante la añoranza,
mientras la abulia encharca el alma.
Y llega pausado, perplejo,
el aliento mohoso de la justicia,
insatisfecha e inexistente verdad.
Existen esos días
en los que vomitar el alma
no alcanza siquiera a mitigar la realidad.
Marzo 2014

















