
TESTIMONIO

Dios mío: te doy gracias por tu protección y amparo. Te doy gracias infinitas por tu inmensa gloria y porque para tí, mi señor nada es imposible. Gracias por tu intervención milagrosa en la salud de mi hijo Edgar.
Tú sabes señor, la gravedad en la que mi hijo estuvo varios días… Sólo, en una ciudad extraña, sin un trabajo permanente, sin derecho a servicios médicos, sin nada ni nadie quien lo socorriera en su enfermedad, en su soledad y en su dolor, pusiste a un ángel en su camino.
Un ángel que se hizo cargo prácticamente de mi hijo y todas sus necesidades apremiantes, un ángel que se hizo cargo de tanto desamparo que él tenía en tierra ajena, un ángel que también se hiciera cargo de buscar ayuda para él… y hasta de mentir (diciendo que era familiar), para que fuera admitido en su ingreso en una sala de urgencias de conocido hospital. Un ángel que estuvo a su lado y pendiente de él muchas horas hasta mi llegada.
Fueron momentos de mucha angustia en mi trayecto del viaje de 10 horas por carretera y muy grande la distancia geográfica que tuve que recorrer para estar al lado de mi hijo, pero sabía que ni la distancia ni las condiciones climáticas me iban a impedir estar con él esa misma noche, el ciclón “Odile”, tocaba tierra en esos momentos con fuerza huracanada, y los vientos golpeaban con furia los cristales del bus que tenía que circular a vuelta de rueda, pues la lluvia tan intensa convertida casi en un diluvio le impedía al operador toda visibilidad de la carretera y por momentos hasta tenía que detenerse.
Las horas pasaban lentas y pesadas para mí, que llena de angustia, tensión y desesperación, no podía lograr relajarme como era mi deseo en todo el camino, pues desconocía cómo iba el proceso de internación de mi hijo, o si ya estaba recibiendo atención médica.
Por fin, a las 2:30 a.m. del jueves 04 de septiembre del 2014, llegué a la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Tan pronto me bajé del bus en la Terminal de Zapopan, un taxi con su conductor me esperaban anticipadamente: “¿Sra. Barreda?” –Sí, soy yo, contesté muy agradecida-, “Tengo instrucciones de llevarla directo al hospital, donde están ya atendiendo al Ing. Barreda, su hijo”.
-Un suspiro de alivio recorrió todo mi cuerpo, pues justo en ese momento, supe y sentí en mi corazón que todo estaba y estaría bien-
30 minutos más tarde, el atento conductor de taxi me dejó en la puerta de emergencias del Antiguo Hospital Civil “Fray Antonio Alcalde” de Guadalajara, donde ya me espera el ángel guardián de mi hijo a quien abracé con toda mi alma maternal, agradeciéndole tantos y tan bellos gestos que tuvo para mi hijo y sin tener ninguna necesidad de brindarle tanto apoyo: “Muchas, muchísimas gracias, con nada podría pagarle todo lo que hace por nosotros” –le dije emocionada al grado de las lágrimas-
Ella me explicó –con una sencillez exquisita- que cuando se podía ayudar a alguien se hace y ya… que no había nada que agradecer, ni tiempo que perder. Eso la hacía más grande ante mis ojos y una mujer más valiosa ante mi corazón de madre.
Me informó cómo iba el proceso de intervención y me presentó a los médicos que habían ya atendido quirúrgicamente a mi hijo de manera emergente, indicándome qué procedía a partir de aquél momento en que ella tenía que retirarse a su casa, y yo me hacía cargo de mi enfermito y todo lo que hubiere que hacer.
Un guardia de seguridad me señaló que tenía que atravesar por varios pasillos iluminados del hospital, para poder localizar el área o sala donde tenían ya a mi hijo internado, –Menos mal que me orientó lo mejor que pudo y por cada escueto pasillo que avanzaba, otro vigilante me iba orientando por donde seguir, e incluso aquél laberinto de pasillos y jardines llegó a parecerme interminable cuando de pronto alcanzo por fin a ver el área donde se encuentran las salas de pacientes “Hombres”, puf… terminó mi búsqueda, al fin estaba frente a la sala “Fortunato G. Arce”,
cama #16. Un grito ahogado desde mi alma, se detuvo bruscamente aprisionando mi garganta: Mi hijo estaba allí, solo, ojeroso, flaco y con evidencias de un terrible sufrimiento añejo en su rostro. Mi hijo estaba allí, sólo, con una fiebre muy alta y su frente perlada de sudor: “Ya estoy aquí Padre de mi alma, por fin llegué” –le dije abrazando su cuerpo enredado entre sondas y tubos por donde le estaban administrando sueros y antibióticos.
Abrió sus ojos llenos de esperanza y apenas si pudo balbucear unas cuantas palabras. Apenas si salía algún sonido gutural de su garganta, no entendí lo que me dijo, pero lo importante es que ya estaba yo allí con él y tomando sus manos amorosamente le indiqué que no había necesidad de que se esforzara en hablar, que todo estaba bien ya y que tratara de relajarse.
Las horas de esa madrugada, fueron las más largas de toda mi vida, pues mi hijo seguía sudando copiosamente derivado de la elevada temperatura por la fulminante infección que le dejara el absceso periamigdalario que le acababan de intervenir quirúrgicamente.
Lo veía sudar, quejarse, estar muy inquieto y delirante, pero su madre estaba allí en cuerpo, alma, sentimiento y razón… ¡Toda para él y con él!.
Ríos y más ríos de sueros glucosados mezclados con los más fuertes antibióticos iniciaban y terminaban su carrera intravenosa, encontrando su cauce gota a gota en la sangre bendita de mi hijo. Médicos y enfermeras iban y venían revisando signos vitales de su cuerpo, o extrayendo muestras de plaquetas que se llevaban directamente al laboratorio. Un consuelo muy grande me abrazó aquella noche al ver que en la tomografía computarizada que le habían realizado a mi hijo tres horas antes de su cirugía, aparecía todo “normal”, no había mucho de qué preocuparse entonces, pero sí mucho que esperar para que terminara de ceder la infección.
6:30 de la mañana siguiente, por fin aparecen los primeros síntomas de una leve mejoría clínica, mi hijo emitió sus primeras palabras claras “Tengo mucha sed mamá”… ¡Bendito Sea Dios!, ya pudo pasar unos pequeños tragos de agua por su garganta, cosa que hacía 10 días, ni siquiera eso podía pasar, haciéndose muy evidente su marcada deshidratación.
Es increíble cómo la medicina, conoce a la perfección la anatomía del hombre, porque al haber drenado la materia acumulada en la garganta de mi hijo, despejó las vías respiratorias y dilató los vasos laríngeos y faríngeos. Las colonias de bacterias habían perdido su batalla, al confirmar la habilidad y destreza con que aquél joven doctor manejó la delicada situación al dominar con enorme frescura y acierto su especialidad en otorrinolaringología.
Las instalaciones del Viejo Hospital Civil de Guadalajara, causan muy buena impresión a primera vista, por su limpieza y orden establecido en todo su interior, y además por su confortante y excelentísima atención de todo el personal especializado, incluyendo trabajadoras sociales, intendentes y voluntariado. El equipo además, es muy completo y adecuado, la comida para los pacientes es muy balanceada, abundante y supervisada personalmente por la jefe de cocina, una amable doctora en nutrición que con su linda sonrisa nos preguntó si todo estaba bien, si mi hijo estaba bien atendido… y ¡Claro que si!... muchas gracias.
Si alguna vez tuve reservas a recibir atención médica en un hospital general o civil, por su condición de atención pública a la clase de bajos recursos, mis temores desaparecieron disipándose toda duda al respecto cuando observé cada detalle humanitario de esta noble institución y que nada tiene que ver, ni nada tiene que pedirle a un hospital o clínica privada o particular, donde hasta por el aire que se respira se cobra un precio.
Los meses han pasado, y mi hijo sigue recuperándose de la infección fulminante que inició en su garganta y terminó formándose un abceso periamigdalar que lo tuvo al borde de la muerte, pues de haberse movido ese abceso hacia la aorta de mi hijo, su muerte hubiera sido instantánea, o si hubiese interesado sus pulmones, hubiera caído en una neumonía de la cual sólo salva uno de milagro. Así que muchas gracias Dios por protegerlo, por curarlo, por salvarlo, y gracias también a María (Madre del Creador) porque ella como madre bendita pudo escuchar mis súplicas e intercedió por mi hijo ante su propio hijo amado.¡Gracias Madre Celestial!, Bendita seas entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre ¡Jesús!

Autor: Doral.
(Derechos Reservados)
Diseño: "Doral"
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