
No sabe cuánto tiempo vagó solo,
ni cómo fue que ella apareció…
Solo sabe que al instante quedó ciego
deslumbrado por la magia del amor…
Recorrieron los senderos siempre juntos
y en la nieve escribieron su pasión…
Él errante, ató su alma a la de ella
y en sus ojos siempre se encontró.
Fresco el aire acarició cada semblante,
la armonía de la vida estaba allí…
Tan perfectos espejismos de oro y plata
florecieron en los lagos ya sin fin…
No faltó sin embargo aquella sombra,
que entre gritos silenciosos se hizo oír
derribando un corazón de blanca espuma
con la bala despreciable de un fusil…
Y calló cuál un ángel sin aliento
a los pies de su amado sin igual…
Y fue cruel la despedida de esos ojos
que se fueron apagando sin piedad…
Es por eso que en las noches él la busca
y en su llanto la reclama en soledad…
En la luna, la encuentra vacilante
y arde el cuerpo sin poderla acariciar…



















