
Este respiro de atardeceres
es retozo de mi soledad,
es diluvio de quimeras
navegando en el lago
incierto de mis cantos.
Este río de utopías
agobia el invierno de lunas
que se dibujan al alba,
en las causas sin juicio
que tiritan en mi manto.
Te esperé al pie del ocaso
con la flor del idilio
entre mis manos,
sin nombre ni cordura
deletreé la merma de mi llanto.
Me quedé al filo de tu asedio,
le resguardé con la leyenda
de aquellos nuestros días,
cubiertos con el antiguo aroma
de joviales encantos.
Y te esperé sin demora
ni tristes quebrantos,
más la tarde se marchó
con tu indómita ausencia
abrigada en sus brazos.















