La sangre se contamina
con toxinas silentes
en el transitar del destino.
Aúnan parábolas en girasoles
cubiertos por raudos bacilos
que giran en torno a la culpabilidad.
Toxinas que rezuman sonetos,
sombras de insomnios
que entonan anocheceres
en hogueras solitarias.
Exiguas mordazas de angustias
que exultan por la rúa del invierno.
Herejías que danzan en tósigos
acaramelados por utopías
emigran en el ayuno del crepúsculo,
aventurándose al después, al nunca,
a la sed del silencio y concluyen
exudando sangre al amanecer.











